
En la medida en que un retrato se halla deslastrado de intereses apologéticos, se convierte en una ventana hacia la intimidad del retratado. Si lo que se representa es una familia, podemos hasta adivinar ciertos detalles de las relaciones que guardan entre sí, hurgar en su convivencia. Hoy me he asomado por esta ventana y esto es lo que he visto:
Aunque echemos una mirada desatenta, se nos impone la imagen de una mujer peculiar. La espesa barba finalizando justo donde comienza el seno materno, reclama para sí toda la atención del espectador desprevenido y seguramente desconcertado a posteriori. No, no todos los días se ve amamantar a una criatura humana un individuo de tan generoso pelambre. Pero no seamos injustos con el pintor, y procuremos ver todo lo que él nos quiso enseñar. Si observamos un poco más detenidamente, ante nosotros emerge del anonimato la figura de un hombre muy descontento. No parece enfermo; su malestar no es físico, sino algo mucho más profundo, arraigado en su espíritu. La mirada es elocuente: el ceño fuertemente fruncido y los ojos exhaustos y suplicantes (como clamando el socorro de quien le mira), nos hacen saber que este hombre ha padecido largamente. Mientras el esposo de la barbuda permanecía inmóvil tras ella - a requerimientos del artista-, su cabeza urdía frenéticamente para dar con una solución que lograse aplacar su angustia. Y justo cuando el pintor mataba la última pincelada, el desgraciado esposo finalmente se decidió a hacer aquello que tanto dilataba. A partir de ese día, no volvería a permitir que su mujer franquease el umbral de la calle; ya no volvería a dejarla exhibirse ante la mirada ajena: la apresaría, bajo llave, en las tinieblas de aquella habitación sin ventana, donde ya no entran ni el día delator ni el ojo humano. Sería el intento desesperado de este hombre por poner fin a su diaria humillación, por un echar un velo sobre su miseria.
Magdalena Ventura de los Abruzos – así se llama nuestra hirsuta protagonista- no fue una niña como cualquier otra. Participaba de los juegos de sus compañeras como lo hacen las criaturas de su edad; sin embargo, destacaba por una inteligencia mucho más despierta que la de quienes la rodeaban, una personalidad extrañamente fascinante, y por una seguridad en sí misma fuera de lo común. Muy frecuentemente, Magdalena se erigía en líder espontáneo del grupo, y sus compañeras de juego se mostraban muy complacidas de exhibir su amistad. En su carácter y en su talento residía un irresistible atractivo, acrecentado éste por la afabilidad natural y el corazón generoso que nunca perdió la joven.
A medida que crecía, en Magdalena veíase afianzarse el fuerte magnetismo de sus dotes. Si bien provenía de familia más bien humilde, hombres de toda condición fijaban su atención ella; algunos se conformaban con hacerla su protegida; otros, la deseaban, y todos encontraban deliciosa su compañía y arrobadora su conversación. Su fama era tal que rápidamente llegó a la cortes de la zona y de las tierras vecinas, gracias a las historias de los viajeros. Y pronto, nobles seducidos por la aureola que rodeaba al nombre de la joven, sucumbieron a la curiosidad por conocerla, y luego e inevitablemente, al apremio por gozar constantemente de su presencia. Así, a los quince años, Magdalena era recibida con fervor por príncipes y demás aristócratas en sus ricos palacios y en las frecuentes celebraciones que tenían lugar en ellos. La mayor parte de aquellos cortesanos anhelaba, secretamente, ser elegido por el corazón de la muchacha.
Pero precisamente cuando tenía quince años, Magdalena repentinamente desapareció. La ausencia de un personaje tan cautivante como ella no puede pasar mucho tiempo desapercibida, y a las dos semanas todos la buscaban desesperadamente. Nada podía acallar el vacío, y quienes se temían lo peor lloraban con amargura la pérdida de aquella mujer inusual, tan ricamente adornada de gracia y talento. Tuvieron que transcurrir cuatro meses para conocer finalmente el misterio.
Una noche en que se celebraba magnífica fiesta en la morada del Rey, un extraño personaje hizo aparición. Era un individuo en quien no se hubiese fijado demasiado la gente de no haber sido por el singular contraste entre su barba y su fino ropaje de mujer. Los invitados, más divertidos que reprobatorios, miraban al individuo de reojo, sin acertar a identificarlo a las primeras; pero pronto, las miradas se volvieron atónitas, y todos, boquiabiertos y sin habla, terminaron clavando sus ojos en aquel inesperado y barbado personaje. Habían logrado reconocer, entre el pelaje, el gesto resuelto y los delicados labios de Magdalena, la Magdalena que unos pocos meses atrás era la soñada por los hombres.
Sí, ahora Magdalena de los Abruzos exhibía una cultivada barba, tan poblada que nada tenía que envidiar a la de aquellos caballeros. Así se presentó a la fiesta del Rey, mostrando lo que ahora tenía con total desenvoltura y seguridad, como era costumbre en ella. Soportaba, sin turbarse en lo mínimo, todo el peso reconcentrado de las miradas de aquellos hombres que antaño la deseaban y de esas mujeres que en el pasado la envidiaban. La estupefacción era general. Y Magdalena les sonrió con toda esa luz y con todo ese encanto que nadie nunca pudo igualar. Y la desearon aún más. Y la envidiaron otro tanto. Es que Magdalena sabía llevar con gracia cualquier circunstancia; sabía hacer provechosa toda situación y aplicar el punto justo de magia y dramatismo a sus maneras. Por esto, no era de extrañar que en ella luciera rabiosamente deliciosa cuanta prenda la cubriese, desde un rico vestido hasta el más astroso manto; desde una gema exqusita hasta unas zapatillas mancilladas. Su savoir-faire no iba a lograr menos con un simple exceso de actividad capilar.
En efecto, Magdalena se esmeraba en sacarle todo el partido a su nueva adquisición. Frecuentemente adornaba con una discreta flor su luenga pilosidad, y la aceitaba y perfumaba con esencias de Oriente. Otras veces, la disponía en un bello diseño de trenzados, rematado por raras joyas coloridas. Todos los días peinaba su fronda con mimo (como se trata a algo muy preciado), y una vez a la semana la cubría con polvos de henna para que irradiase destellos cobrizos bajo el sol. Y el efecto era notable, por no decir subyugador. Aunque su cohorte de fervientes admiradores no lo notase, ella, antes de su metamorfosis, en su aspecto exterior, era común y corriente: toda su fuerza de seducción manaba – y a borbotones- de su personalidad. Pero ahora ella destacaba en todos los sentidos; ahora se sabía exótica y divina de pies a cabeza. Por esto, cuando un día descubrió la incipiente sombra negra en su rostro, entendiendo lo que ello significaba (porque sabía muy bien ver las oportunidades allí donde las hubiere), emprendió viaje lejos de la mirada de esa sociedad que la reclamaba. Volverían a verla sólo cuando aquella promesa que asomaba en su rostro alcanzase todo su esplendor. Soñaba todos los días, durante cuatro largos meses, con su regreso triunfal.
Magdalena había alcanzado la cumbre de su poderío; su sola presencia impregnaba las estancias de un aire nuevo, perturbador, afrodisíaco, si se quiere. Incluso las mujeres sentíanse ahora conmovidas por este influjo, aunque no lo quisiesen reconocer. Algunas de ellas, en la soledad de su habitación, y casi sin darse cuenta, fantaseaban con probar el aroma de aquel pelambre femenino. Entre espasmos inesperados, despertaban de su ensueño, ruborizadas por la intensidad de su secreto.
La dama de fascinante pelaje, era lisonjeada y cubierta bajo montañas de amantísimos presentes. Las peticiones de matrimonio, ardorosas, se sucedían a diario. Dos ricos comerciantes de seda, tres príncipes herederos e innumerables cortesanos la requirieron con desesperación como esposa, pero ella siempre evadía su oferta con amabilidad, despidiendo a sus afligidos pretendientes con un beso en la mejilla. Deseaba casarse sólo cuando en verdad se sintiese impelida por su corazón.
Magdalena vino a encontrar el amor, a los dieciocho años, en un hombre de condición sencilla, en un humilde molinero. Era éste de rústicas maneras, y no manifestaba demasiado talento, pero tenía un alma pura y noble, y eso era suficiente para conmover a la deliciosa joven. Por este motivo, a ella tampoco le importó que él fuera cuarenta años más viejo. Sonreían sin necesitar excusas; sus ojos resplandecían con un brillo natural antes desconocido. La verdadera historia, la historia con sentido, de cada cual se había iniciado desde el momento en que se conocieron. Ambos, rebosantes de esa nueva vida, de esa dulce liviandad que otorga el amor, sentían el futuro lleno de promesas.
Pero pronto, la vida en común comenzó a manifestar un nuevo cariz. El esposo de Magdalena empezó a recelar de la fama y del atractivo de su mujer. Conocía ese pletórico ambiente en el que ella se desenvolvía y que tenía a sus pies; sabía que era la adoración de hermosos jóvenes de abolengo, que entre los barones la llamaban "luz del reino", y que todos se complacían en llenarla de finos presentes. Pero él sólo era un viejo molinero de groseros modales – pensaba-, un patético monigote que lucía ridículo en la vida de su exquisita mujer, a quien no tenía para ofrecerle más que su pobreza y su cortedad de luces. Sentíase objeto de risas y maledicencias de parte de quienes adoraban a su esposa, y a ratos de ella misma. No atribuía sino a la lástima el que Magdalena aún permaneciese a su lado, y con ello el odio se acrecentaba, porque sentíase doblemente rebajado. Pero al mismo tiempo la amaba más de lo que podía soportar, y por esto era incapaz de dejarla y de cortar con aquella espiral de autodesprecio, de acabar con esa cotidianidad que le fustigaba la moral. De parte del hombre venían letanías de recriminaciones, cada vez más acres, más amargas; dirigía él toda su ponzoña a la industria de lastimar a su mujer. Nada cambió con el nacimiento de la hija de ambos.
Pero Magdalena, que en realidad quería a su esposo profundamente y con un amor honesto, no se dejaba impacientar. Siempre le disculpaba en silencio sus palabras, y procuraba convencerle, por todo los medios, de la veracidad de su querer. Le tomaba la mano con dulzura; lo abrazaba desesperadamente contra sí; dejaba que el lenguaje de sus besos le explicase a la piel lo infundado de aquellos pensamientos; el pelamen de sus labios femeninos acariciaba todo el cuerpo de su marido pregonando su amor. Pero, como todos sabemos, las inseguridades son reacias a callar, y todo lo que Magdalena hiciese por matarlas era en vano, incluso, contraproducente. Su esposo era un hombre torturado por dentro, desgarrado por una mujer cuya sola existencia le hacía sentir despreciable; un pobre diablo que se sentía el centro de la mira desdeñosa del mundo cada vez que su esposa brillaba.
Es por este motivo (y no por otro, tan simple como descabellado, que el lector seguramente pensó al principio de este relato), que mientras Ribera retrataba al matrimonio en un detalle del virrey de Nápoles hacia Magdalena, el desgraciado esposo de ésta tomó, finalmente, la decisión de encerrarla para siempre. Sí, sería éste el intento desesperado por poner fin a la diaria humillación de ver evidenciada su poca valía; por un echar un velo sobre la miseria de ser un pobre don nadie. La determinada Magdalena, que nada sospecha, no le dejará hacer cuando sus intenciones salgan a la luz. Sin embargo, permanecerá junto a él, porque le quiere hondamente, a pesar de su cuerpo desgastado, de su mal carácter y de sus groseros modales. Porque sabe lo que de valioso se esconde bajo esa imperfecta apariencia, Magdalena, la divina Magdalena, la excelsa y frondosa, ama tiernamente a su esposo, aunque él, corroído por sus inseguridades y poca autoestima, no le crea.